
El cementerio de los gestos
Hay gestos de nuestra vida cotidiana que ya han muerto y puede que ahora mismo estén reposando en el cementerio de los gestos. Gestos difuntos como el de llamar por teléfono poniendo la manita surfer pegada a la oreja. Porque claro, los teléfonos ya no son así. Los teléfonos ya no se cuelgan y descuelgan de ningún sitio.
En el nicho de al lado de este cementerio está el gesto de escribir con los dedos en el aire como si hubiera un teclado invisible, para cuando querías decir eso de, bueno, luego te escribo por Messenger. Un poquito más al fondo de este cementerio están poniendo la lápida del típico gesto de frotarse los dedos para decir cuánto dinero cuesta algo. Todavía no ha muerto, pero le queda poquitísimo para entrar.
Hacer el gesto de las tijeras cortando algo en el aire para decir que hay que cortar ese tema del que se está hablando. ¿Seguirá vivo? Porque la verdad es que ya hace mucho que no lo veo por la calle. En fin, en este cementerio, como en cualquier cementerio, una vez que se entra, ya no se sale. Pero hay uno que se resiste a entrar: el gesto de pedir la cuenta. Y mira que hace tiempo que no se ve firmar con un bolígrafo la cuenta de un restaurante.
Pues eso.