
El rito de paso hacia la vejez
La licencia del menta poleo
Pensé que nunca llegaría ese momento en la vida. Pero sí, por primera vez me he bebido un menta poleo. ¿Y lo más grave? Pues que me lo he pedido en la calle, en una cafetería y a ojos de todo el mundo. Sí, he cruzado esa finísima línea entre ser un joven y convertirme en un auténtico yayo.
Yo ya soy uno de esos viejos que pasa los domingos con un periódico debajo del brazo. ¿Pedirse un menta poleo me da licencia ahora ya para poder colarme en la fila de supermercados? Porque ahora soy viejo, yo ya puedo hacer ese tipo de cosas. Puedo pasar con las manos cruzadas por detrás de la espalda o ponerme delante de una obra simplemente a ver cómo cuaja el cemento entre los adoquines.
Lo peor de todo, pues que con ese poleo no me ha llegado la jubilación y aún me queda la friolera de 31 años para jubilarme. Beberse un menta poleo, pues eso.