
Los rituales son el hogar inmaterial de cada uno
En un mundo de tanta incertidumbre, menos mal que nos quedan los rituales para sentirnos verdaderamente seguros. Apagar todas las luces del salón porque la peli es buena. Dejarse siempre un trocito de pan para mojar la salsa del final. El libro de la mesita de noche. Los domingos de paella. Los rituales son el hogar inmaterial de cada uno.
Ir a ver a tu equipo de fútbol siempre con la misma camiseta. Desayunar los domingos fuera de casa. La cerveza de los jueves. Llamar a tu madre por las noches, comprar durante el viaje otro imán para la nevera, estudiar con los subrayadores a la derecha y los bolis a la izquierda, dejarte la yema para el final. Es que los rituales son como ese arnés seguro que nos agarra lo nuestro.
Los buenos días de tu vecina, ponerte música para limpiar el piso, que el camarero sepa cuál es tu «lo de siempre», pedirle a tu abuela la receta de su puchero, porque los rituales, cuanto más se repiten, más chimeneas en casa se sienten. Dejar la llave en el ganchito de la entrada, no pisar lo fregado al portero, comprar el pan a la vuelta del paseíto mañanero.
Los rituales ni se compran ni se venden. O los tienes o no los tienes. Y si los tienes, consérvalos, mímalos y cuídalos. Porque es lo único que nos salvará de esta sociedad cada vez más salvaje. Pues eso.