
La belleza de la labor docente
He escuchado muchas veces la frase «qué bien viven los maestros». Y ojo, que no soy yo quien lo niega: los maestros vivimos muy bien. Vivimos muy bien cuando escuchamos en boca de nuestros alumnos la historia de familias rotas. Cuando tratamos de contener las lágrimas de padres y madres que luchan cada día por sacar adelante a los suyos con todas las dificultades del mundo.
Vivimos muy bien cuando nos cambian las leyes educativas a cada nuevo gobierno. Cuando la excesiva burocracia nos roba tiempo para preparar nuestras clases y dar una atención individualizada a nuestros niños y niñas. Cuando nuestra profesión se vuelve cada vez más difícil y la capacidad de atención de nuestro alumnado se ve muy mermada por el bombardeo de pantallas y estímulos excesivos. Y cuando no conseguimos que esos pequeños y pequeñas a los que más les cuesta aprender sigan avanzando.
Pero sí, empezaron nuestras vacaciones. Y creo que nos las hemos ganado tanto como los pequeños seres a los que atendemos cada mañana. ¡Qué bien viven los maestros! Un trabajo difícil, muy difícil, pero que cuando es gratificante, es el mejor. Y en el que también se puede aplicar mejor, aquello de que allá donde es más difícil encontrarla, es donde reside la mayor de las bellezas.