
La verdadera edad es la que marca el yo interior
Falta un mes exacto para mi cumpleaños. Ya serán 41, que por suerte o por desgracia, según siempre me dicen, no aparento. Nadie acierta nunca cuando les pregunto eso de qué edad me echan, y a veces me quitan hasta una década. Ventajas de eso que llaman ser un niño grande y tener algo de complejo de Peter Pan, que no termina de alejarme de la infancia, o de esta adolescencia tardía en la que creo seguir viviendo, y que hace que externamente siga pareciendo también más joven de lo que soy.
Pero los años están ahí y no pasan en balde, por supuesto. Y de hecho, diría que estoy, como dicen ahora, en mi prime. Y es que ni a los 15, ni a los 20 y mucho menos a los 30, que cumplí hospitalizado y a punto de irme a otro barrio, me he sentido tan bien conmigo mismo, con mi vida y con mis perspectivas sobre el futuro. La verdad es que la famosa crisis de los 40 no la he vivido, o no he sido consciente de ello. Y es que a cualquier edad, aunque a veces pueda parecer difícil verla, podemos encontrar en nuestras vidas la mayor de las bellezas.